Jennifer y Marcela pelean para noquear al abuso sexual infantil

La boliviana campeona mundial de box cuenta su lucha dentro y fuera del ring, la que inspira también a una joven sobreviviente de esta lacra

Por: Sergio de la Zerda y Andrés Rodríguez R.

El contragolpe

No solo se trata de fuerza. Existen muchas luchadoras más fuertes que ella. No. Es su táctica, lo bien que le hace la presión. Así, lo más importante es su contragolpe. Danza y esquiva, y luego ve el espacio ideal para atacar. Es The Bolivian Queen (la Reina Boliviana), aunque haya nacido, en 1982, en Annandale, Estados Unidos, el país de su madre y desde el cual se trasladó, a temprana edad, a la tierra de su padre. En Santa Cruz, Jennifer Marie Salinas vivió, de los cinco a los nueve años, la traumática y dolorosa experiencia de ser víctima del abuso sexual infantil. Con la presión del constante recuerdo y acudiendo también al contragolpe, la primera boliviana campeona mundial de la categoría supergallo de boxeo se enfrenta desde hace varios años a esa lacra dentro y fuera del cuadrilátero.

En esa pelea la hallamos a inicios de agosto en la plaza Principal de Cochabamba. A sus 35 años, la madre de cuatro niños conserva intacta la espigada figura de modelo (en sus inicios, un despistado entrenador le había dicho que lo suyo no era el ring). Es fácil reconocerla no solo por su ropa sport, sus llamativos tatuajes o su metro 64 de altura. Se sabe que es ella por la cantidad de jóvenes a su alrededor, en busca del selfie, el autógrafo y la inspiradora palabra de aliento. Con esa misma simpatía acepta una larga entrevista en la que lo primero que cuenta es el motivo de su visita: tres días de intensa actividad con el Centro Una Brisa de Esperanza (CUBE), organización no gubernamental que apoya a niñas y adolescentes que, como ella, luchan para superar la violencia sexual. "Pudimos compartir testimonios, abrazarnos, llorar juntas porque hemos pasado por el mismo dolor. Pude dar una charla motivacional a un grupo de jóvenes sobre el abuso en pareja, abuso emocional. Abuso es abuso, las consecuencias son muy similares Son temas que me apasionan porque los he vivido (…). Ahora estamos recolectando donaciones. Usé las redes sociales para poder unir a personas que quieran traer zapatitos, ropita y sábanas para el CUBE. Y llegaron justo a tiempo, puse una publicación hace poco. Son las dos y ya hay muchas personas con sus bolsitas y todo. La verdad me está yendo de maravilla".

"¿Fue mi ternura?"

"¿Qué te atrajo a mí? ¿Fue mi ternura? ¿Mi inocencia? ¿La sonrisa que Dios me dio?”. Jennifer empieza así a confrontar públicamente a quien mancilló su cuerpo y alma. El video, denominado “Palabras a mi violador”, data de febrero de 2014. Con una mirada directa, desafiante, y un duro tono de voz, la boxeadora rompe el silencio hablándole a “Raúl”, uno de los dos pedófilos que abusaron de ella (el otro ya falleció). Como ganchos a la quijada, las frases se disparan. “Me traumaste. Pienso en ti todos los días y es por eso que boxeo arriesgándome la vida”. “¿Me estás escuchando? Mírame cuando te hablo, así como te miraba yo cuando me estabas violando”. “Mírame ahora, una mujer boxeadora, representando a una nación, soy la campeona. Peleo la pelea que no pude pelear antes”. “Eres un patán y tu día llegará. ¿Sabes cuánto deseo hacerte lo que me hiciste y mucho más? Escupirte, patearte, escucharte gritar, tatuarte en el rostro: 'Soy un criminal, ladrón, asesino, animal, violador'. Maldito seas, hombre con poco valor”.

Fue Raúl un albañil, un trabajador eventual de la familia Salinas. Un criminal que, aprovechando esa cercanía, perpetró la honda herida en la entonces niña que, ya madre y mujer de éxito, años después le dirigía unas palabras de desahogo, en compañía de uno de sus bebés que dormía en una cuna cercana, como se ve en el video, dando con ello el paso definitivo para comenzar su sanación y alentar a más personas a romper el silencio. Días después, detalló sus motivaciones en una entrevista con El Deber: "El intercambio de golpes [en el boxeo], el dolor físico, esas ganas de ganar la pelea, todo eso viene a raíz de lo que me pasó. Cuando yo era niña, perdí esa pelea. Él me noqueó una y otra vez y esta es la revancha. Ahora me toca noquearlo (…). He ido tomando fuerzas toda mi vida para llegar a esto. [El video] es un knockout que lo va a dejar en coma emocionalmente (…). Siento que gané la pelea".

En efecto, triunfó. También gracias a una fotografía que publicó Jennifer en redes sociales, el violador fue plenamente identificado por la comunidad del barrio cruceño en el que residía, siendo denunciado por otras víctimas, incluyendo a su hija que contó cómo el malhechor manoseaba a sus compañeras de curso. La boxeadora relata cómo de inmediato comenzó a recibir testimonios de decenas de adolescentes y jóvenes de muchos lugares que, a la vez que contarle sus testimonios, adelantaban que seguirían su ejemplo de romper el silencio. Incluso se contactaron con ella abusadores que pidieron perdón por sus fechorías. The Bolivian Queen había ganado esa pelea. Pero, en la vida y en el pugilato, hay que defender los títulos en muchos otros rounds.

"No creo que pudiese continuar con el embarazo"

Muchos de los delitos de violencia sexual contra menores derivan en embarazos no deseados. La fortuna quiso que, al menos, ese no fuera el caso de Jennifer, quien, consultada sobre lo que hubiera sucedido de sufrir ese extremo, expresa: “No creo que pudiese continuar con el embarazo. Es una respuesta que te estoy dando ahorita sin pensarlo bien, pero lo primero que me viene a la mente es que no podría”. Y es que lo que sufrió tuvo consecuencias décadas después, incluso ya casada. “Miraba a mi pareja como el hombre que me abusó de niña. Imagínate tener un hijo de una persona que me ha abusado”. Tener relaciones por ello, en determinado momento, en el último tramo de su unión marital (se divorció posteriormente), fue imposible. “No me gustaba, no quería sentir eso. No quería. Lo comparaba y me acordaba de esos sonidos. Shhhhhh. Veía el deseo que mi abusador sentía al verme. Todo eso me recordaba a mi niñez. Por eso te digo que las consecuencias y el daño fueron ya en los años de adulta”.

Las leyes bolivianas, actualmente en discusión para su cambio en la Asamblea Legislativa, permiten la interrupción del embarazo solo en dos situaciones: abuso sexual y cuando corre peligro la vida de la madre. En cuanto a los primero casos, hay el precedente de una sentencia constitucional que establece que, a sola denuncia de uno de estos hechos, cualquier centro médico tiene la obligación de practicar un aborto. No se precisa una orden judicial como hasta hace varios años. Pero acudir a la interrupción del embarazo no es tan común cuando las víctimas son niñas y adolescentes, según señala la abogada del CUBE Carmen Arispe. “La realidad muestra que, como las niñas no rompen el silencio inmediatamente, hemos tenido muchos casos de menores que han venido con embarazos de seis o siete meses, cuando ya no se puede hacer la interrupción. A pesar de la corta edad que tenían las víctimas, muchas han tenido que dar a luz un bebé, muchas han dado en adopción y otras han tomado la decisión de tenerlo con ellas, una situación muy difícil porque no están preparadas ni sicológica ni físicamente”.

Rompiendo el silencio en la carne

El ultraje sexual deja una huella indeleble en las víctimas, más si son menores de edad. En el caso de Jennifer, esa marca se hizo también carne, a modo de denuncia y alivio, en varios de sus tatuajes. Los más visibles son los de los brazos: una niña que sufre abuso, pero que guarda silencio; una mujer rompiéndolo; ella misma quitándose una máscara; y otros, como notas musicales, guantes de box o el escudo boliviano.

Esa fue una manera de canalizar su dolor e ira. Las otras fueron menos amables. A sus 15 años, intentó quitarse la vida conduciendo un vehículo y, en otra ocasión, tomando decenas de antidepresivos, acción suicida de la que se salvó en un hospital tras ser encontrada desmayada. Acota: "Fumaba mucho, un paquete al día. No entendía muy bien lo que pasaba, mi salud no me importaba. Peleaba mucho en los colegios, me botaban de los colegios, tenía un carácter bastante fuerte y siempre a la defensiva. Siempre discutía y me llevaba mal con todo el mundo".

El camino de la recuperación fue largo e incluyó la práctica de otros deportes como fútbol y natación, y también artes. “La coterapia de la música, lo que es el piano, porque toco el piano al oído, me ayudó bastante, y cuando empecé a boxear, me fui calmando”. Sucede que la luchadora no tenía otros referentes. “Cuando yo era niña, no había lugares que se enfocaran en el abuso sexual. No había figuras públicas que hablen sobre este tema”. Por ello es que valora el trabajo de entidades como el CUBE, y pide a las niñas y adolescentes que aprovechen esa ayuda. “A mí me hubiese encantado poder romper el silencio temprano para que el abuso termine. Pero nunca paró porque yo no rompí silencio”.

Para Jennifer es vital el acompañamiento profesional a las víctimas, en especial para que se animen a denunciar. “No se tienen que sentir solas. Y es triste que muchas víctimas se sientan mal y no quieran romper el silencio. Últimamente me he dado cuenta de que, OK, estamos protestando contra el abuso sexual, pero más que nada se trata de pasar el mensaje a los violadores, a los criminales y a los abusadores, de que la gente se está animando a romper el silencio. Su día va a llegar, piensen muy bien las cosas, piensen lo que están haciendo porque esa niña va a crecer y, de repente, se inspirará en todos estos movimientos y decidirá decir algo, romper su silencio. Los criminales deben tener conciencia y sentir miedo”.

En ese camino, regresamos a los tatuajes. La pugilista nos muestra otro en su antebrazo, una suerte de rombos concéntricos que representa mundialmente -"lo tiene por ejemplo Lady Gaga"- a quienes sufrieron o luchan contra el abuso sexual infantil.

Mediante patrocinadores de EEUU, Salinas promueve que las personas se hagan ese dibujo gratis. Lo que hicieron ya unos 250 hombres y mujeres en Santa Cruz. Su sueño es que, en la calle o en los micros, los probables pedófilos se sientan intimidados ante el símbolo.

La muñeca de Jennifer Salinas con el tatuaje que representa a los sobrevivientes de agresiones sexuales. /ARR

Un round preventivo

De su contienda contra el abuso sexual infantil, Jennifer Salinas recuerda un lamentable round perdido. En un acto público en el que fue a dejar donaciones y en el que una Alcaldía debía condecorarla, ella pidió el concurso de los niños, a quienes las autoridades pensaban excluir. Fue cuando ellos entraron al salón que la boxeadora sintió una "energía pesadísima, sexual, de dolor, horrible". “Entonces les dije a los niños que íbamos a hablar de un tema del que no les hablaban mucho, aunque deberían, y era del buen toque y del mal toque. Les fui hablando como por diez minutos, enseñándoles dónde estaba el buen y mal toque. Les preguntaba y les daba regalitos si respondían bien. Al final de la presentación, les dije que quería que levantaran la mano todos los que pasaron por un mal toque. Un 70 por ciento del salón levantó la mano”.

Comunicación y educación sexual son las claves para prevenir el daño a los menores. Como la misma deportista en su momento, muchos de ellos “no saben lo que les están haciendo”. “Cuánto quisiera yo que tengan temas de educación sexual en los colegios para prevenir, porque esto es una epidemia. Las matemáticas y las ciencias son importantes, pero también es importante que no le arruinen la vida a un niño y que este sepa qué es bueno y qué es malo para tener una vida sana. Muchos niños que pasan por violaciones vuelven a violar. Es un círculo vicioso, maligno, tóxico, y hay que romperlo”. La también madre da el ejemplo con sus propias criaturas: “Es un poco extremo, pero siempre he hablado con ellos del buen toque y del mal toque, de malas personas, de que no todos los adultos son perfectos. Les he enseñado a gritar si alguien se los quiere llevar o si alguien les está tocando. Y no solo gritar, sino a decir malas palabras. Les enseño a mis hijos que digan todas las malas palabras que se les ocurra mientras gritan, porque un adulto, si escucha la voz de un angelito hablando así, expresándose de una manera en que los niños no deben, le va a prestar más atención que a un niño que solo grita”.

Jennifer aclara por otro lado que el abuso sexual no solo es una violación: "Hay muchas personas que piensan que porque el pene no penetró no hubo abuso sexual, pero dan dedo, dan lengua, objetos, se masturban, ponen a un niño acá y se empiezan a excitar sexualmente con el cuerpecito. Todo eso es abuso sexual, y la gente tiene que entender que lo que está haciendo es abusar de un niño, arruinándole la vida".

"Hay muchas personas que piensan que porque el pene no penetró no hubo abuso sexual, pero dan dedo, dan lengua, objetos, se masturban, ponen a un niño acá y se empiezan a excitar sexualmente con el cuerpecito. Todo eso es abuso sexual, y la gente tiene que entender que lo que está haciendo es abusar de un niño, arruinándole la vida"
Jennifer Salinas
Jennifer Salinas, posando para una entrevista concedida a Telemundo. /TELEMUNDO

Boxeo como salvación y una vida de película

El escritor cochabambino Rodrigo Hasbún no lo duda: "A Jennifer Salinas el boxeo la salvó". Lo hizo desde sus 19 años y se lo confesó la pugilista. “Antes de iniciarme en este deporte no tenía dirección, no me importaba nada, estaba literalmente en un plan de destrucción total (...). Me fui dando cuenta de que este deporte me estaba ofreciendo lo que no tenía: seguridad en mí misma, una familia, reconocimientos positivos y ganas de vivir”.

Tal vez haciendo tiempo para el cuadrilátero, la boliviana se ganaba el pan de otras maneras en el país de su madre, a donde retornó tras que sus progenitores se separaron en Bolivia. El también literato local Ramón Rocha Monroy recuerda: “Los estudios no eran su fuerte, mucho más si como mesera ganaba más de 100 dólares diarios de propina, aunque su sueldo básico fuera pequeño (...). [Tras recorrer varios gimnasios] El consejo de un amigo casual la llevó donde el cubano Ernesto Alonso, otro entrenador que, al escuchar sus pretensiones, le dijo: 'Pero qué tú esperas, chica, vístete y ponte a entrenar, que el tiempo vuela”.

Hay quien, según el diario El Deber, compara este episodio de la vida de Jennifer con la galardonada película "Million Dollar Baby" (2004 y ganadora de cuatro Oscar) de Clint Eastwood, que cuenta la historia de Maggie Fitzgerald (31), una camarera de una tienda que luchó contra todo hasta convertirse en una boxeadora profesional. Por ello es que The Bolivian Queen soñaba con un filme sobre ella estelarizado por Angelina Jolie, con la que, por cierto, guarda parecido.

No hubo en los años venideros una superproducción, pero sí un documental nacional, “Our Fight” (Nuestra lucha, 2013), del director Sergio Bastani y que, a tiempo de asimismo contar la historia del boxeador tarijeño Elías Roca, se paseó por importantes festivales del exterior. Para esta nuestra historia, de esa cinta destacamos una escena. Ahí está Jennifer, en el gimnasio, a donde le acompañaron sus pequeños hijos que duermen o juegan, como parte de un insólito ya cotidiano, mientras ella enfrenta a un contrincante de prueba, bajo las órdenes en inglés de su entrenador. “Ay, Dios mío -bufa ella, sudando y cansada-. Cada vez que pienso que ha pasado la sesión más difícil, se pone peor”. “¿Quieres ser una campeona? -replica el hombre anglosajón- Tienes que sentir la intensidad de cada round”. Aunque la narración algo contemplativa del largometraje de autor le “aburrió bastante” a la enérgica deportista, este revela a su protagonista de cuerpo entero, siempre en ritmo, siempre bailoteando aun cuando baña a sus hijos o cuando, ataviada con emblemas tricolores, logra sus objetivos en el ring.

El divorcio y la separación de su novia

En febrero de este año, Jennifer Salinas terminó su relación con Shelito Vincent, boxeadora estadounidense con la que planeaba casarse en julio, tras estar juntas un año y medio y habiendo superado de buen modo el divorcio con su esposo. El motivo de esta nueva ruptura fue algo muy común en el plano heterosexual: celos, los que, sin embargo, no le hacen dudar de su elección. No le interesa ya enamorarse de hombres. "Hubo bastantes celos. Es un como una relación cualquiera. Fue con una mujer y todo, pero creo que las mujeres somos más agresivas (risas). Y lo aprendí a la mala. Y sí, hubo bastante desconfianza, inseguridad, cosas así que nunca había vivido antes con otra persona en una relación. Fui de estar con un hombre 15 años, sumamente pasivo y que nunca dudaba de mi fidelidad y todo eso, a estar con una persona totalmente insegura, y muy preocupada y celosa. No supe balancear la situación. Fue un shock para mí. Prefiero estar sola (risas)".

Lo que no obstante queda de este tránsito es el buen trato que sostiene con quien procreó: “Desde el divorcio, nos hemos acercado tanto, ahora puedo decir que somos una familia. Y mi exesposo, el padre de mis hijos, es mi mejor amigo. Todos los días me manda mensajes de motivación, me dice que está orgulloso de mí, que siempre me va a amar, que siempre me va a apoyar; cosas que no nos decíamos antes. Yo ahora le puedo decir: 'Te quiero, gracias por ser como eres conmigo. Sé que te causé tanto daño por mi trauma, fuiste víctima secundaria de mi trauma. Sé que te causé hartísimo daño con mis decisiones. Increíblemente todavía estás acá, a mi lado”.

Un apoyo que debe ser muy valioso también en lo deportivo, ámbito en el que Salinas se debate en el drama de todos los atletas del país: la falta de incentivo estatal y privado para casi todo. “Te estoy hablando de una buena alimentación, el pago a los entrenadores, gasolina para llegar al gimnasio, un carro para llegar. No estoy en mala situación, pero es el mismo cuento: falta dinero para llegar a los campeonatos, material deportivo, cosas que has escuchado diez mil veces en el pasado. Es el mundo de los deportistas”.

La mañana de la verdad 
La mañana de Marcela (nombre utilizado para preservar la identidad de la sobreviviente) empezó como cualquier otra. Tenía 16 años y ese día iba a ser diferente. Sentía una presión horrible, estaba agobiada. El peso de la verdad de un suceso la atormentaba, la perseguía. Estaba decidida, se iba a suicidar. En su mente pensaba qué era lo último que iba a hacer esa jornada. Lo único que le venía a la cabeza era tomar un buen desayuno y después irse a la universidad. Al salir de clases decidió ir al puesto de comercio de su madre y hablar con ella.

Una joven que recibe asistencia en el Centro Una Brisa de Esperanza (CUBE). /BRISA DE ANGULO

Marcela pensó que sabía fingir bien, que su progenitora no sospechaba que algo le perturbaba. Sin embargo, su madre notaba algo raro, algo extraño. Comenzó a presionar a la adolescente y la tensión se elevó. La mujer mayor comenzó a llorar, quería saber por qué la joven no vivía bien. Marcela finalmente se animó y rompió el silencio. Le reveló a su madre que siete años antes fue víctima de una agresión sexual por alguien cercano a su familia.

Dos años han pasado desde ese importante momento para la vida de Marcela. Ahora se siente capaz de contar lo ocurrido. "Le dije lo sucedido [a su madre], lloramos juntas y todo. Si bien sentí un desahogo, también me preguntaba ahora qué, ya sucedió y no alivia nada. Fue un gran paso. Ahora asimilo que el primer paso que una persona debe dar es romper el silencio", recuerda la joven con la voz quebrada, casi llorosa. Las facciones de su rostro tiemblan por la emoción con la que cuenta su historia.

Marcela fue abusada sexualmente cuando tenía siete años –casi la misma edad que Jennifer cuando sufrió lo mismo-. Pero no fue hasta su adolescencia, en clases de educación sexual, que recién pudo entender que fue violada cuando era una niña. “No puedo decir que a esa edad uno diferencia las cosas. Llegas a clases y te das cuenta de todo lo que ha sucedido. Esto repercute en muchos aspectos de tu vida. Es como que de la nada caí al vacío, no sabía qué hacer, dónde ir. No podía admitir en mi vida que eso había sucedido y decía: '¿Quién me tenía que cuidar?”, cuenta la joven. Se acuerda de “Qué te atrajo a mí”, una canción que grabó Jennifer, y relaciona ese oscuro momento con esa frase que dice: “¿Dónde estaba Dios, por qué no me protegió?”.

De acuerdo con el informe “Principales determinantes de la violencia sexual contra niñas, niños y adolescentes en el departamento de Santa Cruz”, publicado en 2016 por el Centro Especializado de Prevención y Atención Terapéutica (CEPAT) y Unicef, en Bolivia casi el 50% de la población total es menor de 25 años. En ese contexto, ocho de cada 10 niños, niñas y adolescentes sufren algún tipo de violencia en espacios primarios, en su familia, escuela y con su grupo de pares. De los casos de violencia sexual, el 41% corresponden a víctimas menores de 10 años, un 29% a víctimas menores de 15 años y un 19% de víctimas menores a 18 años. Del total, un 89% son víctimas mujeres y un 11% hombres.

El atacante de Marcela, como en el 85% de los casos, fue alguien dentro de su entorno más próximo. La diferencia es abismal, considerando que apenas un 10% de los abusos son perpetrados por desconocidos, según estimaciones de la Red Nacional de Protección de la Niñez y Adolescencia para una Vida Libre de Violencia.

Pese a que fuera un familiar, la madre de Marcela hizo todo lo que estaba en sus manos para "tratar de equilibrar las cosas". Primero lo enfrentó a él cara a cara, como en un careo previo de los que se dan en el mundo pugilístico. El agresor admitió el delito que había cometido. Pidió perdón por lo que había hecho, pero irónicamente fue la última vez que lo hizo, ya que después de esa noche lo negó todo. La joven solo contaba con el apoyo de su madre. “Me llamó mentirosa. Quedé frente a toda la familia como una vulgar mentirosa. Era un choque tremendo, porque nadie te cree, ni tu familia en especial. En ese entonces tenía vergüenza de contarle a mi padre, porque los hombres no son abiertos en Bolivia, o son muy machistas, por la formación que tienen”, continua Marcela con su relato, manteniendo la misma fragilidad en su voz.

Cuando le contó a su padre, este le creyó. Contrariado, su progenitor, sin saber cómo ayudar a su hija y con el dolor latente en su interior, quiso ir a atacar al agresor. Las palabras y reflexión de Marcela fueron más fuertes: "Eso a mí no me ayuda en nada, de qué me sirve que esté muerto, si yo no voy a estar bien, si la que se queda viva acá con todo el peso soy yo".

Una brisa de esperanza

Cuando la familia de Marcela acudió a la justicia, se encontró con las manos vacías. Por la cantidad de años que pasaron desde la agresión, prescribió el delito. Lo único que lograron fue una orden de restricción contra el agresor. “Para eso yo había comprendido que no tiene caso enojarse con él. No puedo decir que lo perdoné, porque yo sé que lo que me quitó, Dios sabe que no lo va a reponer, ni siquiera muerto va a poder hacerlo”, afirma la joven.

De acuerdo con el documento presentado por el CEPAT y Unicef, solo el 0.5% de las denuncias llega a una sentencia. Marcela cuenta que el resto de su familia se llegó a arrodillar frente a ella, con tal de que dejé pasar lo sucedido. Cuando fue a testificar, la familia del agresor estaba ahí. Esos familiares que juraron “a morir” que ella había inventado todo eso y que, hasta ahora, aún lo piensan.

Muchos otros casos no consiguen siquiera la orden de restricción que Marcela sí pudo obtener contra su agresor, ya que estas no avanzan por falta de dinero y tiempo para seguir el proceso legal, porque la familia es amedrentada o porque deciden un resarcimiento económico. El 90% de las audiencias conclusivas y el 65% de las audiencias del juicio, en casos de violencia sexual se suspenden, según da a conocer el informe "Principales determinantes de la violencia sexual contra niñas, niños y adolescentes en el departamento de Santa Cruz".

El CUBE es un centro especializado en casos de violencia sexual contra niños, niñas y adolescentes instalado en Cochabamba desde hace 13 años. Entre sus líneas de trabajo está dar apoyo psicológico y legal a víctimas de violencia sexual, además de desarrollar tareas de prevención, sensibilización e información a distintos sectores de la población.

Marcela llegó al CUBE reticente, según cuenta. El tono de su voz se recompuso y se escucha más calmada. Dice que era muy rebelde para asistir a sus sesiones. "No era como que: 'Qué alegría, he venido a mi sanación'. ¿Qué iban a hacerme? ¿El sicólogo no es para locos?", recuerda sus palabras y actitud irónica de aquel entonces.

La joven rememora que muchos días llegaba al centro enojada, frustrada con la vida. En algunas ocasiones solo quería discutir con la psicóloga, pelear o, directamente, no asistía. Con paciencia, personal capacitado y una preocupación verdadera por sus problemas, Marcela pudo salir adelante. “Me dieron una ayuda a nivel del trauma, y creo que eso vale más para alguien que haya sufrido de este tipo de abuso, más incluso que el mismo hecho de que la justicia pueda condenar al agresor o darle una pena de muerte. Doy gracias a esta institución por darme una esperanza mucho más grande”, dice Marcela, mucho más levantada de espíritu.

No todas las víctimas de abuso sexual de Bolivia tienen la misma suerte, ya que solo el 0.2% recibe terapia especializada y apoyo psicológico. “El primer paso empieza contigo, tú te das la mano, rompes el silencio, y Dios quiera, en verdad, que con quien rompas el silencio sea una persona que pueda ayudarte, que te extienda la mano y te cubra”, afirma Marcela.

El documento elaborado por el CEPAT y Unicef indica que cinco de cada diez mujeres y tres de cada diez hombres sufren violencia sexual, el 70% de estos casos ocurren antes de la pubertad. Del total de casos de violencia sexual reportados en 2014, el 80% se concentra en el eje troncal del país (Santa Cruz, Cochabamba y La Paz). La directora del CUBE, Verónica Roque, explica que en Bolivia por muchos años la violencia sexual ha sido invisibilizada, manejada dentro de los hogares como algo privado. “El trabajo que nosotros hemos ido haciendo es mostrar que esto debe ser denunciado, y por eso es que también el trabajo de prevención para nosotros implica que exista mayor cantidad de denuncias”, dice Roque.

Cultura de denuncia

El trabajo de 13 años ha dado resultados para el centro. Cuando empezaron a trabajar en 2004, en las cortes había dos casos con denuncias en todo el año, y ninguno tenía sentencia. Ahora, el CUBE maneja un promedio de 150 casos anuales y, desde su fundación, ha logrado más de 400 sentencias condenatorias.

De acuerdo con información de la Fuerza Especial de Lucha Contra la Violencia, el primer trimestre de 2017 esta institución atendió 423 casos de violación, entre los cuales había 270 víctimas mayores de edad y 153 menores. Haciendo un cálculo, se estima que, cada día durante los primeros 90 días del año, se denunció un promedio de cinco casos de abuso sexual.

Roque explica que entre las causas de agresión sexual contra menores se encuentran dos muy importantes. La primera se refiere al adultocentrismo: las personas mayores creen que tienen el derecho sobre los niños y niñas, como si fueran de su propiedad. Y la segunda se centra en el androcentrismo. "Los varones piensan que las mujeres, niños y niñas son de su propiedad, por lo tanto la violencia sexual no es un acto de una sexualidad incontrolable como podíamos pensar, sino más bien que es un uso inadecuado de poder que se ejerce frente a estas poblaciones que son más vulnerables", precisa la directora del CUBE.

Según Roque, no existe un perfil que describa a un agresor. Dice que no hay ninguna investigación que demuestre algo sumamente específico. La agresión sexual se da en todos los niveles sin distinción. Entonces, ¿cómo se puede prevenir? “Queremos que la sociedad tome conciencia, no es solo el papá, la mamá o el tío quien debe cuidar a ese niño, somos todos los de la sociedad los que debemos estar atentos a qué es lo que está pasando y poder identificar cualquier señal de alarma o sospecha y poderla denunciar”.

Una lucha para sobrevivir

A Marcela no le gusta que se refieran a ella como una víctima. Es una condición que le molesta mucho. Si bien estuvo herida de inicio y tirada en la lona, logró levantarse antes de que la cuenta llegara a diez. Quiere que se refieran a ella como una sobreviviente. Por tal razón, hace hincapié en la importancia de romper el silencio y en escuchar a los niños. Piensa que muchos no dan a conocer el calvario que están viviendo por el temor de no ser tomados en serio y ser tachados de mentirosos. Para la joven de 18 años, es por este tipo de actitudes que hay adolescentes que se han suicidado o se han ido a la deriva, refugiándose en el alcohol o las drogas. Es necesario dar a conocer la problemática y tener gente lista que pueda escuchar, extender una mano y dar seguridad a una víctima cuando esta decida hablar, explica.

La voz quebrada de Marcela desaparece. Su tono se eleva, gana seguridad y se siente un estado de ánimo en pos de guerra, como si estuviera lista para pelear 12 asaltos en el ring. Se necesita gente responsable que no colabore a crear más víctimas, dice, un equipo de trabajo que ayude a las personas en sus peleas personales. Casi como el equipo que ayuda a pugilistas como Jennifer a sobrellevar cada asalto. "Me di cuenta cuando vi a Jennifer que toda su vida sigue en pos de eso, el boxeo y seguir adelante. Una tiene ser fuerte para seguir, pero sigues casi como en una condena. Hay que ser fuertes y nosotros queremos invitar a otras personas a que sean fuertes con nosotros, para que se pueda evitar que otras personas tengan que enfrentarse a esto, porque es dura la lucha, es una lucha a nivel personal, todo el tiempo", dice Marcela, con un tono firme y una expresión luchadora.

Contra el sistema

La pelea para convertirse en una sobreviviente como Jennifer o Marcela no es sencilla. El camino es rocoso y lleno de jabs. Curiosamente, el atacante no es otro que el sistema penal. Para romper el silencio, la justicia boliviana pide heridas físicas, heridas que se demuestren, cuenta la joven superviviente. Cuando hizo la denuncia, su testimonio pasó por cuatro o cinco etapas. Casi se lo sabía de memoria. No le cabe en la cabeza cómo con tanta tecnología hoy en día no pueden grabar una declaración. Roque dice que es una lástima que las niñas y adolescentes tengan que repetir una y otra vez su historia. Tienen que pasar por un fiscal, por una psicóloga y un médico forense, ir a la corte a explicar qué fue lo que pasó frente a personas desconocidas, que la cuestionarán "como si ella tuviera la culpa". “Nuestro sistema es victimizante, y esto ocasiona efectos en las niñas, como que no les están creyendo. Quien tiene el peso de toda la prueba, quien tiene que demostrar que lo que sucedió realmente pasó, no es el agresor, es la niña. Es la víctima la que tiene mostrar pruebas para que la justicia le crea. Es muy doloroso todo este proceso”, se lamenta la directora del CUBE.

"Nuestro sistema es victimizante, y esto ocasiona efectos en las niñas, como que no les están creyendo. Quien tiene el peso de toda la prueba, quien tiene que demostrar que lo que sucedió realmente pasó, no es el agresor, es la niña. Es la víctima la que tiene mostrar pruebas para que la justicia le crea. Es muy doloroso todo este proceso"
Verónica Roque, directora del CUBE
Jennifer Salinas abraza a un menor durante sus visita a Cochabamba. /NOÉ PORTUGAL

Para Marcela, el tema penal es muy cuadrado. Cuenta que se puso terca para que le deriven a una forense mujer, una suerte con la que no corren todas las víctimas. Es una situación que, desde su perspectiva, se debe mejorar. El problema, explica, es que los médicos se entrometen con las víctimas, cuestionándoles la veracidad de sus declaraciones e incluso llegando a preguntar lo siguiente: "¿No será que tú también has dado a lugar?'. El médico forense es el que tiene que evaluar, no tiene que juzgar. Yo no entiendo cómo es que pueden capacitar profesionales que sean tan insensibles con el ejercicio de su profesión", reniega la joven luchadora.

La ruptura del silencio es dolorosa

Bolivia es el segundo país de Latinoamérica con más violencia sexual y donde se producen 185 abortos clandestinos al día. Solo se practicaron 120 interrupciones legales de embarazo desde que se dio el fallo del Tribunal Constitucional en febrero de 2014, que permite detener la gestación en caso de violación y cuando corre riesgo la madre. Malena Morales, directora de Servicios Internacionales de Asesoría para el Embarazo Bolivia (lIPAS, por sus siglas en inglés), dio a conocer a ANF que en 2016 se practicaron "39 abortos legales, de los cuales 23 fueron demandados por adolescentes de entre 11 y 14 años, o sea el 60%”.

El CUBE ha tenido casos de adolescentes embarazadas como resultado de una violación, sin embargo la mayoría de ellas no llega inmediatamente. Lo hacen meses o años después. Roque explica que la ruptura del silencio sobre la violencia sexual es muy dolorosa. Afirma que son muy respetuosos con la vida y que no pueden tomar una decisión a favor o en contra. Cada caso es muy especial, argumenta, y cada niña o adolescente tiene una atención personalizada. “Si hay alguna niña que toma la decisión, la acompañamos. Hemos tenido casos de adolescentes en las que el embarazo y el nacimiento de su bebé han sido como el pilar para que continúen su proyecto de vida. En otros casos, las niñas no quieren saber absolutamente nada y los han dado en adopción”, precisa Roque.

De acuerdo con estimaciones de organizaciones de salud en Bolivia, cada año se realizan entre 40.000 y 80.000 abortos en el país, en los cuales cerca de 5.000 mujeres mueren. Debido a estas cifras, se presentó el proyecto del Código Penal, que en el artículo 157 se busca ampliar las causales para la interrupción legal del embarazo dentro de las primeras ocho semanas de gestación, cuando la mujer se encuentre en situación de pobreza, tenga tres o más hijos, o sea estudiante.

La Conferencia Episcopal Boliviana manifestó en un comunicado que esta propuesta descarta a niños y niñas por ser vulnerables y “acepta la triste violencia del aborto como un supuesto camino para solucionar problemas sociales y económicos”, según dio a conocer EFE. En una línea más radical se pronunció la asesora Legal de la Asociación Nacional de Evangélicos de Bolivia, Ruth Montaño, el pasado marzo en Cochabamba durante una conferencia de prensa. En su intervención dijo que rechazaba completamente el aborto, incluso en caso de la existencia de abuso sexual.

Marcela, como la luchadora en la que se ha convertido, aboga por la posibilidad de que las personas decidan. “Una niña, un niño, una adolescente no está en esa capacidad de una reproducción humana saludable. Si no estás emocionalmente maduro, cómo vas a criar a otro niño. Para criar a un ser humano, se requiere que seas un ser humano maduro, responsable, que esté preparado para responder, y un adolescente no tiene esa capacidad”, dice. Va más allá en sus argumentos: “Si la madre lo rechaza, lo más probable es que ese bebé vaya a un hogar. Dime si la vida en un hogar es feliz. Hay niños acá [en el CUBE] que asisten a hogares y es como si estuvieran perdidos en la vida, no tienen culpa de nada. Alguien les ha respaldado el derecho a la vida, ¿por qué ese alguien no se hace responsable? Luego tienen que construir una vida, formarse como seres humanos y Dios sabe si van a tener buenos ejemplos a su alrededor, ¿quién los va a amparar y cuidar?”.